Search
Close this search box.

En turismo llevamos años contando la “transformación digital” como si fuera una escalera mecánica: te subes, te dejas llevar, y vas pasando por plantas. Primero web, luego móvil, después datos… y ahora IA. Ojalá. La realidad se parece menos a una escalera y más a una reforma del edificio mientras sigues viviendo dentro. La IA no llega como una herramienta nueva que enchufas al lado del CRM. Llega como un cambio de arquitectura industrial: cambia dónde se genera el valor, dónde se paga el coste y, sobre todo, quién se queda con el control de la puerta.

Porque esto, en el fondo, va de puertas.

Cuando una industria cambia de interfaz, cambia de dueño. Y turismo es el laboratorio perfecto para probarlo: demanda global, oferta fragmentada, una obsesión histórica por comparar y un ecosistema entero montado alrededor de “te llevo al mejor sitio para reservar”. Si el “mejor sitio” deja de ser una web y pasa a ser una conversación, el mapa se mueve. Aquí es donde me resulta útil pensar la IA no como “un producto” sino como un stack, un apilado de capas, cada una con su economía y su poder. MultiVersial lo explica muy bien con un marco sencillo: hoy, para ser relevante en IA necesitas dominar de verdad una de estas cuatro cosas: chips, nube/data centers, modelos, o aplicaciones/distribución. Y su tesis incómoda es que Google intenta jugar fuerte en las cuatro a la vez. Si aceptas esa idea, la pregunta para turismo deja de ser “¿usamos IA?” y pasa a ser otra:

¿En qué capa juego, de cuál dependo… y qué pasa si la puerta de entrada se la queda un actor full-stack?

Imagina que la IA es una ciudad. Los chips son la electricidad; la nube es la fábrica; los modelos son el motor; y la distribución es el peaje de la autopista. Puedes tener un motor increíble, pero si no controlas el peaje, no controlas el tráfico. Y si no controlas el tráfico, no controlas el negocio.

La primera capa, la de chips, es lo más físico y lo más ignorado… y, sin embargo, es lo que decide si la IA se queda en “cocina” o se convierte en “camarero”. Los chips determinan cuánto cuesta “pensar” y, sobre todo, cuánto cuesta mantener conversaciones a escala (la famosa inferencia). Google está empujando fuerte con sus TPUs orientadas precisamente a esa “era de la inferencia”, buscando volumen con eficiencia. Traducción al mundo turístico: si el coste por interacción baja lo suficiente, aparecen asistentes “siempre encendidos” que ya no solo responden, sino que acompañan. Recomiendan, comparan, proponen rutas, recalculan, y ejecutan tareas. Y cuando eso ocurre, la interfaz se desplaza: el viajero deja de empezar “buscando” y empieza “pidiendo”.

La segunda capa, la nube y los data centers, es la fábrica donde esa magia se industrializa. Hasta hace poco, la nube era “infraestructura”. Ahora es donde vive tu memoria empresarial: datos críticos, procesos, automatización, agentes, semántica, analítica… y también donde aparece el lock-in de verdad, el de “yo ya no me muevo porque todo mi negocio respira aquí”. MultiVersial lo apunta bien al hablar de cómo la capa cloud se convierte en una ventaja estructural cuando la IA se vuelve industrial. En destinos y administraciones esto tiene una lectura casi política (pero práctica): soberanía operativa. No se trata de demonizar proveedores. Se trata de entender dependencias: si tu modelo de IA vive sobre un proveedor y además tu distribución depende de él, entonces tu capacidad de negociar, cambiar o auditar se reduce. Y en sector público, reducir capacidad de auditar no es un detalle: es un riesgo.

La tercera capa, la de modelos (Gemini, GPT, Claude…), es la que el mercado ve y por eso es la que más ruido genera. Pero estratégicamente no importa solo “quién responde mejor”. Importa qué incentivos tiene cada uno para sostener la batalla durante años. Google puede financiar su ofensiva en modelos con el músculo de su negocio de publicidad y su ecosistema. Eso cambia las reglas del juego frente a actores que dependen más de inversión externa, como OpenAI, Antrophic, etc. Y aquí entra el detalle más importante de todos: la integración no es un extra, es el producto. Un modelo suelto es una demo. Un modelo integrado en Search, Maps, Android, Gmail, YouTube, Chrome… es una autopista nueva que aparece de la noche a la mañana en medio de tu ciudad.

Y llegamos a la cuarta capa: aplicaciones y distribución. Este es el tablero real del turismo. Aquí no se discute si la IA es impresionante. Aquí se discute quién se queda con el primer contacto de la intención. Phocuswright aporta una señal muy importante: en EE. UU. (2025) el 58% de viajeros activos usan IA para algo y 39% la usan para viajes.  No estamos todavía en un mundo donde “todo se reserva dentro de un LLM”, pero sí en un mundo donde el primer paso —el “estoy pensando en viajar”— empieza a ocurrir en otro sitio. Y ese primer paso es oro. Porque quien controla el primer paso puede rediseñar el resto: qué se ve primero, qué se considera “mejor”, cómo se atribuye, quién cobra comisión, quién queda relegado a proveedor invisible.

Imagen creada con GenSpark

Visto así, los debates de “quién gana” por subsectores se vuelven menos abstractos:

  • Para OTAs y metabuscadores, el riesgo no es solo “perder tráfico”; es perder el puesto de front desk. Su fortaleza histórica es la conversión y la atribución. Pero en un mundo de agentes, el usuario no navega: encarga. Y cuando encargas, te da igual qué web era la más bonita: quieres que alguien lo resuelva.
  • Para hoteles, en cambio, hay una oportunidad interesante: recuperar margen… si se vuelven legibles para máquinas. Phocuswright ha insistido en que los hoteles deben trabajar la conectividad y el modo en que su oferta puede ser consumida por sistemas de IA, incluyendo información en tiempo real.  Si el agente es quien recomienda, el hotel que aparezca será el que tenga datos estructurados, disponibilidad fiable, reglas claras y contenido verificable.
  • En aerolíneas, el salto es más duro porque la complejidad y la irregularidad mandan. El agente no solo tiene que vender: tiene que servir. Cambios, reembolsos, incidencias… ahí es donde se ve si un sistema aguanta. El futuro “caballo de batalla” no será solo el inventario: será la capacidad de exponer reglas y operaciones de forma que un agente pueda ejecutar sin romper la experiencia.
  • En experiencias y actividades —mi apuesta personal— hay un potencial enorme si el sector estandariza atributos. Aquí el descubrimiento siempre ha sido el infierno: variedad enorme, datos pobres, disponibilidad irregular. Un agente conversacional entiende intención mejor que un filtro. Pero también premia lo estructurado. Si el dato no está bien servido, el poder se lo quedarán las plataformas que ya lo tengan, no necesariamente las que tengan “las mejores experiencias”.
  • Y, para destinos y administraciones, el tema va más allá del marketing: va de soberanía del relato, gestión de flujos y confianza. Si cada vez más gente planifica con IA y se mueven las fuentes de descubrimiento, la administración debería preguntarse quién decide qué es “lo recomendado”, con qué sesgo, y qué efectos tiene eso en el territorio.  Un agente puede concentrar demanda en pocos puntos si optimiza lo popular. Y si el canal es un agente, la trazabilidad importa: por qué recomienda, con qué datos, cómo se evita la manipulación.

Con todo esto, mi sensación es que el “plan de acción” real para los próximos 90 días no es “hagamos un chatbot”, porque eso es como pintar la fachada cuando lo que cambia es el plano del edificio. Lo primero es mapear dependencias por capas: de qué proveedor dependen tus datos, tu automatización, tus modelos y tu canal. Después, trabajar la estrategia de aparecer en respuestas (no solo rankear en enlaces), porque el objetivo ya no es estar arriba en una lista: es ser citado con autoridad. Luego viene lo aburrido pero decisivo: conectividad e interoperabilidad (APIs, feeds, reglas, disponibilidad). Un agente solo puede ejecutar si le das acceso operable. Y, por último, un piloto acotado: alto valor, baja fantasía. Un asistente que recomienda y deriva bien, que mide bien, que te enseña en qué se atasca el flujo y dónde está el verdadero cuello de botella. No necesitas “reservar todo” desde el día uno para aprender lo que importa.

Mi conclusión es que durante años, en turismo hemos discutido sobre herramientas: qué web, qué PMS, qué CRM, qué plataforma. La IA cambia el tipo de conversación. Ya no va de herramientas, va de posición. Porque cuando el viajero deja de navegar y empieza a conversar, alguien se sienta a su lado y le dice: “déjame ayudarte”. Y ese alguien no es neutro. Tiene intereses, tiene incentivos y tiene una arquitectura detrás que decide qué ve el usuario, qué no ve y en qué orden.

Comparte este artículo