Sobre COP27 y la educación: ¿Por qué nos preocupamos tanto del clima, y no le prestamos demasiada atención a la educación de las nuevas generaciones?

07/12/2022

«La ventaja competitiva de una sociedad no vendrá de lo bien que se enseñe en sus escuelas la multiplicación y las tablas periódicas, sino de lo bien que se sepa estimular la imaginación y la creatividad». – Walter Isaacson

Recientemente acaba de celebrarse en Sharm el-Sheikh (Egipto) la 27º Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27) y donde lo más destacable ha sido que los países han alcanzado un acuerdo para la creación de un Fondo de Pérdidas y Daños. Esto que puede parecer un logro histórico es el último esfuerzo por salvar las negociaciones que los países participantes han llevado a cabo durante dos semanas y que, según ellos, sirve para dar justicia a los más afectados por la crisis climática. Sin embargo, ni Estados Unidos, ni India, ni China han dado un paso ambicioso para frenar su dependencia de los combustibles fósiles. Así que, una vez más, el objetivo de esta edición que era el implementar las decisiones tomadas en el Acuerdo de París y el Pacto de Glasgow, ha caído en el olvido. Sin entrar a valorar la creación del Fondo de Pérdidas y Daños, he intentado encontrar respuestas, pero la propuesta tiene muchos vacíos y enfrentará algunos desafíos durante el próximo año para poder responder a preguntas esenciales que no pudieron concretarse: ¿Cuánto dinero se invertirá en el fondo? ¿Quiénes aportarán? ¿Cuál será el mecanismo para acceder a él? Si en esta esta edición de la Cumbre sobre el Cambio Climático apenas se han dado avances significativos dado que no ha habido ambición climática, ni recortes de emisiones, ni un lenguaje más duro contra los combustibles fósiles...no quiero pensar qué ocurrirá en la siguiente cumbre que se celebrará en los Emiratos Árabes en el 2023…

He traído este tema a colación, no para hablar sobre el Cambio Climático, ni sobre la capacidad de llegar a consenso por parte de los responsables gubernamentales en torno al futuro de nuestra civilización. Lo que me preocupa es algo más importante, a mi parecer. Y, es cómo somos capaces de educar a las nuevas generaciones, a nuestros hijos para que tengan valores y sean capaces de seguir mejorando el mundo que les dejamos, porque lo creamos o no, a pesar de que parece que el mundo está mal, la realidad es que el mundo sigue una estela alcista en cuanto a calidad de vida y mejoras en las diferentes sociedades existentes en todo el mundo. Y esto no es algo que lo diga yo, sino que hay mucha literatura y datos al respecto. Sirva como ejemplo el libro Factfulness o algunos datos como estos. Sin embargo, estamos viviendo un momento donde todo se mide en datos, gráficos y tendencias; no obstante, nos olvidamos de algo mucho más importante: la EDUCACIÓN. Como algunos de vosotros ya sabéis, recientemente acabo de ser papá de una niña. Así que he aprovechado estas semanas para repasar qué cosas he hecho bien con mi primer hijo, y qué cosas he aprendido en el proceso de ser papá para seguir dando a mis hijos una educación que les inspire y les dote de herramientas para que se conviertan en la mejor versión de ellos mismo.

Una de las primera cuestiones que me surgió fue si era lo mismo educar que inculcar conocimiento. Y creo que hay una sutil diferencia dado que educar es aceptar al niño como es, acogerlo, mientras que inculcar conocimiento es dar, o más bien imponer. Como padre quiero aceptar a mis hijos como son, acompañándoles en su búsqueda de la excelencia, rodeándole de oportunidades para que lleguen por si solos a ellas y protegiendo su mirada de lo que no le conviene.

Otra gran temática es cuando pienso si mis hijos deberían aburrirse en casa o, si por el contrario, debería planificar para ellos muchas actividades para que no «perdieran el tiempo». Al final he llegado a la conclusión de que las actividades demasiado estructuradas o en las que la disciplina tiene prioridad sobre la invención y el descubrimiento pueden llegar a generar a los niños aburrimiento o ansiedad. Como leí hace poco en un libro de Catherine LÉcuyer » Primero la invención y el descubrimiento. Después, la disciplina y el aprendizaje. Cuando no se respeta este orden en la educación infantil, acaba cumpliéndose lo que decía Carl J. Jung, «todos nacemos originales y morimos copias».

La presión del mundo competitivo en el que vivimos y el deseo innato que tenemos todos los padres de querer el éxito de sus hijos nos lleva a querer que desarrollen una serie de comportamientos y conocimientos que no se corresponden con el proceso madurativo y con el orden interior de nuestros hijos. Estamos como locos porque los niños quemen etapas y que demuestren características propias del mundo adulto. Sin embargo, es fundamental, rodear a nuestros hijos de un entorno que sepa equilibrar silencio, palabras, imágenes y sonido. Menos productos de lujo y más Hacendado, menos móviles y más tiempo en familia, menos juegos de consola y más bicicleta, menos recompensas materiales y más muestras de cariño, menos televisión y más paseos en la montaña observando la naturaleza, menos ruido y más silencio. En definitiva, nuestros hijos deberían aprender que lo bueno lleva tiempo y esfuerzo. Por ello es muy importante que como padres, aprendamos a saber decir «no» en lo que consideramos que no conviene al niño… y mantener nuestra posición hasta el final (a pesar de los llantos y berrinches).

También considero que es muy importante, rodear a nuestros hijos de cultura. Que se desarrollen rodeados de cualquier cosa que les haga pensar y saborear de lo bello. ¿Pero qué es la cultura? Considero que son maneras de pensar y de sentir únicas, una forma de ver el mundo gracias a la adquisición de conocimiento. La cultura se transmite por los libros, por los juguetes, imágenes, palabras, la música, la forma de vestir, de hablar, la televisión, las películas, y a través de la vivencia de cada una de las personas que están en contacto con nuestros hijos. Por ello, si la cultura se vacía de lo bello y cede el paso a la vulgaridad, los valores positivos no cuajarán, no permanecerán. Según Catheryn L’Ecuyer, si entendemos la belleza como la expresión de la bondad y de la verdad, lo bello para un niño sería todo aquello que respeta la verdad de su naturaleza, su orden interior, sus ritmos, su inocencia, su proceso verdadero de aprendizaje, etc. Como decía Dostoevsky: «la humanidad puede vivir sin ciencia y sin pan, pero nunca puede vivir sin belleza porque entonces no existiría razón para permanecer en este mundo».

Una última reflexión es que el proceso de aprendizaje de los niños nace desde dentro. Debemos incentivar que el niño desarrolle el deseo para adquirir conocimientos. El conocimiento hará que sean libres. Por lo que cuantos menos filtros y prejuicios haya en la educación de nuestros hijos, más libre serán , porque así no estarán «condicionados» para pensar de una forma determinada. Respetemos la libertad interior de nuestros hijos, contemos con ellos en el proceso educativo, respetando sus ritmos, fomentando el silencio, el juego libre, respetando las etapas de la infancia; en definitiva dejándoles ser niños sin prisas por que se conviertan en adultos.

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